Críticas/Miércoles/Para Pasar Miedo

La Parada de los Monstruos (1932): La belleza está en el interior

Dice la anécdota que cuando un pintor le pidió a un hombre socialmente muy distinguido al que iba a retratar que posara, éste le contestó: ‘¿Con cuál de mis caras?’. Como subyace de estas palabras, las personas no tenemos una sola cara. Y es que en nuestra sociedad nos solemos poner una máscara social para granjearnos la aprobación de la gente y evitar su rechazo. Tod Browning, director de la apabullante La parada de los monstruos (1932), sabía muy bien que la máscara y las apariencias constituyen la base esencial de las relaciones sociales, siendo éste uno de los ejes centrales de su filmografía.

En la que es considerada su mejor película, con el permiso de Garras Humanas (1927), se nos cuenta el día a día en un circo lleno de seres deformes, tullidos, de personajes con alguna peculiaridad física poco agradable a ojos de los timoratos espectadores. Un día Hans, un joven que padece enanismo, hereda una fortuna y Cleopatra, una contorsionista tan bella como oscura de espíritu, sibilinamente trazará un plan con la ayuda de Hércules, el forzudo, para seducir al enano y llevarse el dinero. Lo que viene después es un auténtico descenso a los infiernos en un tránsito desde el muñido melodrama, al género del terror más macabro; con los freaks buscando venganza y usando su otredad con un espíritu de agresión. Sobrecogedor.

Sin embargo, en La parada de los monstruos hay una particularidad, y permítaseme la delicada licencia, ni los aquí llamados ‘monstruos’ son tan monstruos, ni las personas que se presuponen ‘normales’ son tan normales. Justamente ahí está la parábola de transfiguración que utiliza Browning: ‘La belleza es convulsiva o no es nada en absoluto’ y, más allá de las apariencias, los auténticos monstruos son aquellos que utilizan la mentira, la infidelidad, el egoísmo, y la codicia para aprovecharse de los otros, siendo ese tipo de personas las que uno realmente debe temer. Con La parada de los monstruos no estamos, entonces, ante el melodrama o la película de terror más ortodoxas, sino ante un crisol que contiene un reflejo de la naturaleza oculta de los humanos.

Todo ello ejecutado mediante un trazo trágico que tiene un estilo cruel y divertido, con un humor y poesía que le aproximan a la obra de Edgar Allan Poe; a esos cuentos grotescos donde la comicidad y el horror se fusionan por medio de espantosos quid pro quo. Ésta es una obra maestra que no deja de perturbarnos, en la que confluyen grandes temas culturales mediante una especie de taquigrafía –la película dura una hora- de nuestra condición más velada. Además, su hábil planteamiento tiene ese algo que genera imágenes capaces de desafiar el paso del tiempo: ¿Quién no tiene grabada en la memoria los impresionantes minutos finales? 

Película maldita tanto en su rodaje como en su estreno -el público de la época rehusó de ella y la productora mutiló el montaje del director-, sólo con el paso de los años se ha establecido como obra de culto. Éste es un filme necesario, valiente, incómodo, que nos descubre, que nos fascina y maravilla por igual, tan extraño como seductor, tan bello como aterrador. Imprescindible para cualquiera que guste del buen cine… y tenga claro que aparentar tiene más letras que ser

Nota: 10

Sin título-1

Chus García

ChusGarciaRodriguez: “Un buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador.”

 Tumblr: Tarkovski

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