Críticas/Lunes/Para Motivar

EL CASTAÑAZO (SLAP SHOT, 1977): SABER PERDER


El deporte y sus catecismos -apuntalados por la tiranía del triunfo, la reformulación individualista de sus figuras y los gráficos contables- tuvo y tiene su grandeza en ese universo cada vez más poblado de los que, perdiendo, casi siempre ganan. (Ver a este respecto los capítulos relativos al abonado de minor club, la poética de domingos y el santoral de transistor). Y Slap Shot (George Roy Hill, 1977), a este y otros respectos y mucho más allá del sentido épico del que acá escribe, rinde culto a tal demoledora verdad.

Las derrotas, las más, y victorias, las menos, de un muy humilde equipo de hockey sobre hielo y su agresivo y ocurrente y tan chiflado canto de cisne. Porque los Charlestowns Chiefs y su veteranísimo capitán –Paul Newman en uno de su roles más carismáticos- se resisten a ser vendidos, a desaparecer en el torbellino que deparó la capitalización corporativista del deporte, de todos los deportes. Naturalmente, la estupenda rudeza del muy sacro Roy Hill, un amante de muchas cosas y todas buenas (de Vonnegut a esas estaciones obligadas que son El Golpe, El nido de las águilas, Henry Orient o el destino de Redford y Newman), lograba retratar el fino desencanto que, muy en el fondo, serpentea bajo la playlist de trompazos hilada por el conjunto más estrafalario jamás visto sobre una pista. A reseñar ese personaje antológico, de camiseta, Reggie Dunlop (Newman), canalla inolvidable, pícaro coyuntural y esquizofrénico que se batirá duro por la suerte de los Chiefs, la suya propia y -en fin- la de su maltratado público, arrojado a las gradas tras la sonora quiebra de la industria local.

En Slap-Shot, efectivamente, late un correlato social que, si bien diluido en un grotesco y alucinado humor, hurga la herida de una América obrera y sus progresivos y acentuados derrumbes. El mismo que amenaza a los Chiefs, al deporte profesional y al desgastado Reggie. La solución aquí es la farsa, la triquiñuela y un absurdo muy bien manejado. Resta por saber si ese final al cual nos empuja Roy Hill  -patinaje, mamporros y crazy parade incluidos- debe ser descifrado como el penúltimo embuste de Dunlop o, al contrario, un ending medianamente happy. Quedan claras, de todos modos, las ácidas reservas de la película, su guiño malévolo a esos invisibles que, en algún brumoso momento, nos apartaron de -silba uno de los temas del film- where we started from. Obra maestra.

Sin título-1

Carlos Abascal

cabpeiro: Carlos Abascal Peiró ha insistido durante dos décadas en convertirse en un gilipollas y, según fuentes acreditadas, podría lograrlo de un momento a otro. Entretanto, se dedica a las películas, los velociclos de carreras y las chicas que leen a todas horas sin dejar de obligarnos a torcer el cuello. Amén por eso último.

Twitter:@cabpeiro Site: Teniente Corrupto

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