Críticas/Para Salir de Fiesta/Viernes

Gato Negro, Gato Blanco (1998): La Gran Boda Gitana

A mediados de la década de los setenta el nuevo cine yugoslavo hacía su particular primavera; la llamada escuela de Praga tomaba el testigo de la escuela de Zagreb con un ramillete de realizadores que traían por bandera nuevos planteamientos cinematográficos que con descaro se zafaban del dogmatismo imperante con el que les tocó formarse. De toda esta nueva camada uno brilló con luz propia, obteniendo, también, el reconocimiento internacional, su nombre es Emir Kusturica. Criado en Sarajevo, desde largo tiempo atrás la península balcánica resultó, gracias a unas tierras fértiles y atractivas, un enclave de transito sureño en el que progresivamente los zíngaros apátridas fueron asentándose, resultando esta mezcla de culturas un poderoso caldo de cultivo para la cosmogonía de este director.

Y es que el retrato de la comunidad gitana siempre ha sido una constante en el cine de Kusturica, abordándolos en su primera etapa, más, con un sentimiento poético bajo una pátina de crítica social,  hasta evolucionar en sus últimas películas hacia auténticos despiporres que se desgajan del drama para convertirse en alocados homenajes a la fiesta y el amor más desenfadado a la vida. En este contexto es donde se sitúa Gato negro, gato blanco (1998).

Gato negro, gato blanco

Esta divertida comedia es un explosivo cóctel donde el honor familiar, la amistad, el amor, las tradiciones, el pillaje, o el surrealismo, tienen cabida para hacer entrar al espectador en una vorágine de carcajadas, a cada cual más grande y sonada. El que escribe estas líneas aplaude la originalidad y ternura con la que Kusturica trata a sus personajes, que cual Federico Fellini calé, los lleva de la mano en una concatenación de situaciones cómicas y escenas inverosímiles hasta terminar en una gran boda gitana en la que todo vale y nada sobra. El yugoslavo toma -y transforma- del mítico director italiano sus dicotomías, su trato por lo onírico, su visión juguetona, su barniz circense, o el gusto por el folclore de las clases populares.

Por el camino veremos, bajo un torrente de imaginaria visual sin parangón, desde músicos atados a un árbol, gorrinos mastodónticos devorando coches oxidados, o los muertos volver a la vida para seguir en esta fiesta que nos transmite tan singular director. Todo ello acompañado de una banda sonora de las que hacen época, haciendo que las melodías reboten en nuestro cerebro e invitándonos a bailar como si no hubiera un mañana. A esto último, y lo considero imperativo para la buena salud de espíritu, tratad de asistir a cualquier concierto de la Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra, que con afamados colaboradores de la talla de Goran Bregović, nos insuflan diversión para muchos días.

Irving postulaba; hay dos clases de gente para quienes la vida es una fiesta continua: los muy ricos y los muy pobres. Unos, porque no carecen de nada; los otros, porque no tienen nada que hacer. A Kusturica no le interesan los primeros, y de los segundos finalmente nos transmite que cada momento es de oro para los que lo saben ver como tal. Estos gitanos muestran varias piezas de este precioso metal cuando sonríen… y por algo será. 

Nota: 8

Sin título-1

Chus García

ChusGarciaRodriguez: “Un buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador.”

 Tumblr: Tarkovski

2 pensamientos en “Gato Negro, Gato Blanco (1998): La Gran Boda Gitana

  1. Me encanta esta película!! Una película yugoslava con coproducción francesa y alemana. Humor del bueno, personajes muy divertidos, caídas, tropiezos y amplias, sucias y doradas sonrisas gitanas. Una boda organizada en contra la voluntad de los novios, otros dos amores románticos y sobretodo una historia muy humana en donde los protocolos son pocos y cada suceso complica un poco más la situación inicial. Una comedia imperdible, bruta tipo American Pie y con referencias cinematográficas tales como a Casablanca de Michael Curtiz

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