Críticas/Martes/Para Desconfiar del Género Humano

Borat (2006): La dureza de la realidad

Hibridación. Mezcla o reacomodamiento de diversos elementos entre sí. En cine se hibridan los géneros, los tipos de cámaras y los tipos de planos, pero una de las hibridaciones más raras es la de la ficción pura con la de la realidad tal cual.

El género del mockumentary se alimenta de esto, normalmente se trata de un documental fingido, una supuesta realidad. Pero en el caso que nos ocupa esto es muy diferente, nos encontramos ante retazos de ficción y trozos enteros de realidad.

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Borat Sagdiyev es un supuesto reportero de la televisión de Kazajstán. Su misión: retratar EEUU para su país, ver cómo viven los americanos. También supuestamente, porque al avanzar su viaje Borat se plantea un objetivo propio y personal: Conseguir a Pamela Anderson como esposa.

Tan alocada misión le llevará por distintos lugares de los gloriosos, racistas, homófobos, radicales y capitalistas Estados Unidos.

Borat: Lecciones Culturales de América para la Gloriosa Nación de Kazajstán (Título Original) es una película que al principio choca con el espectador, y mucho.

La irreverencia empieza desde el segundo número 5, porque no tiene contemplaciones con nadie: los kazajos son tildados de incestuosos, racistas y atrasados, tanto o más que los americanos cuando el film avanza. En el pueblo tienen de todo: el violador del pueblo, la prostituta del pueblo, el mecánico y abortista… toda una galería.

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Con Kazajstán y su encierro al judío finalizan con la hiperbólica ficción. Entonces es cuando la realidad topa de bruces con nosotros, porque se utilizaron testimonios reales con la “excusa” de que eran una televisión de Kazajstán.

Desde una iglesia, un club de buenos modales, un rodeo, una caravana de estudiantes o un profesor de autoescuela, Larry Charles y Cohen consiguen sacar la peor cara de la Nación más poderosa, dejando muy claro de qué pie calzan en realidad en el país líder (por ahora) del primer mundo.

Borat no es una película fácil de ver. Al fin y al cabo cuesta entrar en su juego, hasta que entiendes que todo aquello no es simulado, si no forzado a partir de la realidad. Su humor es zafio, burdo y grotesco, pero consigue lo que quiere: que la gente que sale retratada diga lo que realmente piensa.

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Charles y Cohen no dejan títere con cabeza: Ni kazajos ni americanos salen bien parados de todo esto. Lo cierto es que tras ver la película puede que tengas los ojos con la lagrimilla del reír (si es que entras en el juego) pero a posteriori deja cierta sensación amarga, lo que hace que te preguntes: ¿Es esto que acabo de ver real? ¿Refleja lo que pensamos la “sociedad del primer mundo” de los demás?

Porque no hay nada que nos haga desconfiar de los demás por el simple hecho de que sean de un país y cultura diferente, y ver reflejado esto, no siempre es fácil.

Nota: 8

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Pau Lluís

PauLluis: “Una película son 24 mentiras por segundo al servicio de la realidad”

Twitter: @p_lluis

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